miércoles, 5 de abril de 2017

Mientras lo intentaba por enésima vez
la realidad me gritó lo que yo no quería ver:
Lo que se rompe
nunca más, vuelve a ser una sola pieza.
Pero, es que me gustaban tanto
le quedaban bien a mi nariz
a mi informalidad,
eran mi toque de elegancia
de coquetería,
sus formas no me ocultaban
sus filtros me protegían,
las llevaba conmigo como mi pelo suelto
hasta que un día, accidentalmente
se cayeron de mis manos
y una pequeña fisura
separó su estructura;
las limpié cuidadosamente
les puse una cinta discretamente
las pegué con
la súper gota de la súper goma
le hice fuerza
le di tiempo
me las puse optimista, cayeron
insistí y las acepté rotas, cayeron
me las puse otra vez, cayeron
renuncié
las guardé.
Hoy, después de unos meses
las encuentro,
volví a creer que podría usarlas
y una vez más
probé con fuego;
el punto de unión se derritió
un fluido pegajoso quedó adherido
deformando, definitivamente
su línea original
entonces fue
cuando se me ocurrió
limarlas para recuperar
su ajuste y su brillo
pero, cuando lo hacía, lo vi:
Toda superficie puede limarse y se suaviza
pero limar también es mermar cuando
de aspereza y astillas se trata,
y, esa consecuencia
podrá sanar las puntas
pero no alcanzará
para juntarlas de nuevo
por distancia
por absoluta distancia.
IRMA PÉREZ, La Pillis - 2015

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