Como un mal hábito, descubro de repente esta costumbre de lamentar lo no vivido, lo escaso, lo excesivo, el hacer, el estar, el no, el si la queja silenciosa se acomoda sagaz en mi cabeza como tormenta y tormento que no cesa y que acosa todo es pared, laberinto y selva, es decir: obstáculo, sin-salida, espesura qué me salvará de esta incomodidad que es mi “yo” sonámbulo sin la conciencia de las cosas buenas y me quejo quién hablará de mis días de lucha si el miedo es mudo y me quejo cómo llegaré al principio del camino si no hay ninguno a mis pies tampoco me pierdo mientras ando entre vacíos y así, me quejo una vez más la tormenta lo sabe y por eso es tormento demencial, quejadera, joda cada que musita gime, chirrea, se queja… caen lágrimas enormes como goterones pesados y mi vida, a nivel del piso, se tiñe roja frente a un cristo que parece no mirarme y me quejo me quejo y me lamento, como ayer, me lamento, como ahora, ya lo dije, es un hábito refunfuñando, lloro como tormenta a...