Esto de escribir cosas desde la emoción o la visión particular, por más sencillo el lenguaje, siempre corre el riesgo de no ser entendido y por tanto, que pase desapercibido; incluso, que no guste para nada y en consecuencia se pierda el sentido y lo más valioso del asunto: gratificar al lector o, lo que es peor, al lector mismo.
Sin embargo, se aprende con el tiempo que este oficio es así, a veces de mucho a pocos y, a poco; como el grifo, que una vez abierto es chorro o es gota o, es nada. Todo depende de la mano, no del agua, puesto que ésta, está.
Es posible que uno se equivoque de lugar, de tiempo, de escenario; que no existan condiciones para reunir un par de ojos alrededor de un texto.
Latinoamerica tiene una historia vergonzosa qué contar al respecto, que trata de un legado vacío y una herencia muy pobre, en cuanto al alcance de medios y cri-te-rios, para priorizar la educación e incentivar el provecho y la producción de los recursos literarios. Hay otras culturas, en cambio, que aprendieron a leer y a escribir para escribir y leer; que siempre encontraron un cuento en su caja de juguetes y luego, un libro en su mesita de noche. Más tarde, no les fue posible concebir la vida sin ese habitual y concebido placer. Sin embargo, allí también se generalizaron otros poderes que han mantenido a la civilización al margen de la buena ventura.
No sé, es posible que también todo sea cosa de un ritmo oculto, de una melodía cuya sonoridad puede aturdir a unos o embelesar a otros o simplemente, no ser escuchada por nadie. Como todo, relativo.
Cada quien sabrá cómo llenar su canasta de lo que más le gusta comer.
IRMA, LaPillis

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