domingo, 20 de octubre de 2013

Cuento LA CORTESIA DEL MIEDO

De cuentos y cosas que pasan...


La cortesía del miedo

Once de la mañana y el café tiene un par de mesas ocupadas. Amanda se recoge el pelo, cosa que sabe no debe hacer detrás del mostrador. Se mira en el reflejo de la pantalla del microondas, se encuentra linda esa mañana. Abre la caja, cuenta unos billetes, hace algunas anotaciones. Revisa la nevera, vence el frío, saca un par de productos congelados, cuenta las gaseosas.
Luego busca un trapo para limpiar los mesones, recoge una mesa, se da vuelta y de pronto aparece ese hombre maloliente y sucio que pasa a diario y se queda parado en la puerta mirando el televisor y mirándola a ella. Mientras Amanda aparenta no perturbase por su presencia. Sigue el asunto como si nada, pero siempre alerta.
- ¡Esas son las armas más poderosas! ¡Ese Hitler era un asesino! Mataba a los negros, los degollaba, no le gustaban los negros. Yo no soy negro, él sólo dejaba vivir a los blancos. Por él fue que comenzó la tercera guerra mundial, oiga monita, un vasito con agua, el agua no se le niega a nadie -
Amanda medio sonríe, más por miedo que por otra cosa, asienta con la cabeza y busca rápidamente un vaso desechable. Lo llena de agua, lo lleva a toda prisa sin decir nada.
- Ese Hitler era un asesino, pero no de esos que uno se encuentra por ahí que lo quieren matar a uno con un palo. Yo los cojo a patadas a esos hijueputas. Yo no me dejo. Yo también les doy -
La mujer empieza a secar los platos, se conoce bien, sabe que le atemorizan hasta el llanto los vagos de la calle. El hombre empieza a poner nerviosos a los clientes que se miran unos a otros y luego a ella. Sigue vociferando en contra de los nazis, destruye el vaso con su mano violentamente, lo arroja al piso.
De pronto, aquel vagabundo, oculto tras su aura de miseria, abre sus enormes ojos quedando en evidencia la locura. Los posa, desafiante, en el rostro pálido de la mujer. Sonríe malévolamente. Amanda, en ese instante, llena miedo, encuentra una similitud con la eternidad.


Irma Perez

1 comentario:

  1. como la vida misma, el desgaste de los días nos hace diferentes cuando la necesidad nos aprieta, pero hubo un instante en que fuimos iguales, después nos separamos unos de otros por esos caminos de la vida, ese hombre lo fue si ya no lo es. le deseo lo mejor, Amanda es guapa, y tiene menos necesidades, y tu tienes tus palabras, gracias por compartir tus historias

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