ponía lápices en mi mano,
me llevaba a comprar papel,
hacíamos canciones en cuadernos y servilletas,
cualquiera estaba bien para una frase,
para un poema, para el amor
pero ella le temía a todo lo que sentía,
entonces, se enamoraba mucho
porque eso era bonito,
pero ella era pequeña y el mundo
era el pié del gigante
muchas veces la ignoré,
le puse overol y casco por si las piedras
y la saqué a subirse al pié de ese gigante
a pesar del vértigo,
no pasó nada,
entre la belleza y la fealdad pasó de todo,
pasó la vida
pero ella fue insistente
y jamás dejó de decirme cosas,
con el tiempo acumulamos en
cajas y cajones la evidencia
ella me lo decía,
me lo mostraba cada día:
que la felicidad dependía
de ése lápiz en la mano,
de enamorarse y sentir,
de arriesgar, de elegir, de caer,
de aprender, de morir, de vivir,
¡y usarlo!
ella y yo
ahora sabemos de gigantes que no pisan,
y hasta nos damos la mano con ellos,
pero hay gigantes
que pisan con todo y su sombra
se trata de estar atento,
abrirle espacio a la luz,
y en medio de las emociones y la realidad,
descubrir la propia altura.

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"Toda crítica verdadera es un acto de amor".