Pensando:
¿Qué puede haber más cálido que un halago? Todos sabemos que mientras no se desvirtúe su intención de demostración de afecto, admiración, gratitud y complacencia, un halago resulta siendo un poderoso regalo, tanto para nuestro espíritu como para nuestro ego. Aquí voy. Si un halago es la justa medida de frío y calor para conseguir tibieza o calidez para el ego, ¿cuánta candela o hielo hace falta para que el ego se queme? ¿A los cuántos halagos el ego se distorsiona y empieza a dilatarse y luego, a expandirse incontrolable, esparciéndose torpemente -como engreído carbón o insufrible ceniza- sobre el altar del aplauso y la aprobación recibida?
Poco o mucho, modestamente, a veces no me escapo yo del descuido de hervir -como la leche justo cuando no se está mirando- y caer desde la altura de esa mayúscula vergüenza. Discúlpenme si alguna vez me embriagué con alguna calentura y escribí o dije algo con el amargo y metálico sabor del egocentrismo; me avisan, que yo igual trataré de no descuidar ningún exceso o falta de temperatura. Total, no es sólo el sobre-calentamiento del globo terráqueo lo que nos está matando.
Leía por ahí algo sobre el montón de egos alborotados y vanidades achicharradas en el medio de los escritores e igual, en T-O-D-A-S partes, y terminé sentada frente a mi computador escribiendo esto.
Gracias por leerme.
IRMA, LaPillis

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