Sospecho del tiempo. Cada vez que se deja ver, yo estoy en medio de una fiesta fabulosa a la que él -por supuesto- no ha sido invitado. Seguro que le molesta ser ignorado, que creamos que a veces se queda dormido o que no tiene el estado físico de un atleta disciplinado y persistente.
Sospecho de su silencio, pues lo real es que aturde su forma de acoso y su capacidad sigilosa de llegar e irse, sin que nada ni nadie lo note. Por otra parte, es astuto con sus nombres, ya que con ellos seduce y trama al sufrido, al entretenido y al soñador; por eso es constante repitiendo sus trucos, como lo hace el solapado segundero de un reloj de escuela.
Sospecho del tiempo, sí. Hoy, este día, este momento, a esta hora en que no me encuentro en una fiesta fabulosa, parece que se me hubiera colgado del cuello, habiéndose -previamente- pegado los pies al piso con cemento.
Su velocidad es temperamental e impredecible; su dirección, como una flecha lanzada, irreversible, determinante. ¿Será que muere cada vez que se llama "fin"? ¿Pasa él, o somos nosotros los que pasamos?
Con esta sospecha de que nada lo mueve ni lo conmueve, será mejor marcar el paso a su ritmo sin más preguntas; al final, lo suyo es la no permanencia y por ello, también lo mío.
Pero a veces, cuando se siente intensamente la hermosa vida, se quiere que: si es reloj, que impacte contra el piso; que si es puente, que se descuelgue; que si es ojo, que le caiga ácido y que, si es latido del corazón del universo, que pare, que se espere a sí mismo, que es-pe-re, y que no sepa, si lo que sigue es un fin o un reinicio de todo.
El tiempo... El tiempo es la misma vida moviéndose.
Vamos.
IRMA, LaPillis

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