Las personas, como los frutos,
estamos expuestos durante la vida
a la buena luz o a la buena sombra.
Muchos, en cambio, sólo reciben
la acometida del rayo maligno de la deforestación
y es así como pierden sus bosques y en consecuencia,
la posibilidad de frutos sanos y florecimiento.
Las personas entonces,
se relacionan con lo que se ha alimentado su tierra.
Así, las personas como los frutos,
somos una transformación y un resultado:
De la pulpa amarga, amargo el jugo,
de la dulce fruta..., ¡adivina!
IRMA, LaPillis
2014

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